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Wednesday, October 30, 2013

Fortalezas


Como homenaje a Dostoievski, María Fernanda Ampuero permitió que subiera este texto a mi blog.

"Yo tenía quince años, la edad de amar, y me enamoré de ella. ¿De qué otra manera, con qué otra palabra, puedo explicar la devoción que sentía por cada palabra que salía de la boca de esa mujer, la fe de cachorro con que la escuchaba? Eso que esa adolescente -rechoncha, extraña, inadecuada- sentía se tiene que llamar amor. Amor como el de Santa Teresa de Ávila, como el de Fray Luis de León, como el de San Agustín: amor divino, trascendental, místico. El amor que se le dedica a Dios.  

¿Cómo no quererla así? Yo estaba ciega y ella me permitió ver. Yo tenía sed y ella me dio de beber. Yo estaba perdida y ella me encontró.

Carol Noboa se llamaba y era profesora de literatura. Estuvo apenas un año con nosotras –conmigo-, pero fue suficiente para que yo, que ahora escribo esto que ustedes leen, creyera que la vida me había dado algún talento aparte del de llamar la atención de los que se burlaban de mí: Carol Noboa me descubrió que eso que yo hacía a escondidas, con vergüenza, compulsivamente, ese llenar hojas y hojas con palabras podía ser algo bueno, algo importante. Ella me dio esto, lo que hago todos los días, lo único que sé hacer. Seguro no lo sabe, pero hizo algo gigantesco: cambió mi destino.    

Un día nos hizo leer El Jugador de Dostoievski y la tarea fue que reescribiéramos el final. No sé si recuerdan esa novelita perfectamente devastadora que es El Jugador: todo gira alrededor de un hombre, Alekséi Ivánovich, que en realidad es el propio Dostoievski, adicto al juego y al amor caprichoso de una mujer, Polina. El libro trata de la pérdida, de la indignidad, de la atracción del abismo, del maldito azar que tanto nos eleva como nos engulle. Yo, supongo que a tientas porque era demasiado joven, pero quizás desde el dolor de ser –yo también, como Alekséi Ivánovich- una outsider, una forastera en ese mundo, una atormentada, encontré la manera de terminar la historia ya no con la destreza sobrenatural de Dostoievski para contar el fracaso, pero si con algo de esa soledad, de ese patetismo, de ese peso –pozo- existencial.  

Cuando Carol Noboa me entregó el texto revisado, no miento, el corazón se me volvió un pájaro que aletea furioso en una jaula. Me había puesto un veinte redondo, hermoso, un veinte que iluminaba la página como el sol, pero la calificación era nada al lado de eso otro que hizo: escribió, con letras grandes y signos de admiración, que siguiera escribiendo, que siguiera escribiendo, que siguiera escribiendo.  

Un año estuvo con nosotras –conmigo-, pero ese año cambió algo en mí para siempre. Empecé a creer (me), a querer (me), a decir (me): «no eres idiota, no eres negada para todo, no tienes el coeficiente intelectual de un koala, puedes escribir, escribe».

Mira que sufrí: todos los otros profesores que tuve durante diez años, todos sin excepción, habían visto en mí una estudiante fallida, mediocre, incluso algo tonta. Yo daba –y sigo dando- pena en matemáticas y matemáticas y sus ramas ocupaban los puestos más importantes en la libreta de calificaciones. Nadie nunca preguntó si yo era buena en otra cosa, si quizás mi fortaleza no eran los números sino las letras, si yo entendía mejor un libro que una ecuación. Yo entiendo mejor un libro que una ecuación, como tantos y tantos niños, y por eso fui castigada, suspendida, avergonzada, aterrorizada: todos los años estaba a punto de perder el año en matemáticas. Y eso era lo único que importaba.

Pienso con tristeza en esa niña que, vista desde mi adultez, podría hacer feliz a cualquier profesor: siempre estaba leyendo, llenaba cuadernos con poemas, reflexiones, cuentos y estaba loca por las palabras, por las historias, por la literatura. Pero ella no daba orgullo a nadie. Pero a ella la castigaban. Pero ella hacía que su madre bajara la cabeza de vergüenza ante la profesora de matemáticas:

-Su hija no merece pasar de curso. 

Profesor que lees esto ahora: ojalá un día algún alumno te dedique un texto con el mismo amor con el que yo le estoy escribiendo a ella, a Carol, la maravillosa mujer que me salvó la vida.   

María Fernanda acaba de publicar Permiso de residencia, crónicas de migración bajo el sello  La caracola. Vive en España. A mi me gusta recordar a María sentada en unas mesitas cerca de la casa de Carlos Burgos en Madrid, pero sobre todo el día en que me llevó a visitar El lavapiés, su barrio.

Wednesday, May 08, 2013

Extrañas en Quito



extrañas, búhos, abogados malos, abogados buenos, casas moradas, caleidoscopios, sexy shops, antrologías, gastronomía, periodismo border, poderes paranormales y una ciudad invibible, imposible pero insuperable, la ópera prima de María Paulina Briones -EXTRAÑAS EN EL PUERTO- (editor cartonero te robo el texto porque me gusta más que el de la contratapa¨.

Sunday, December 09, 2012

Tres relatos curatoriales


Voy a empezar este texto urgida por el comentario de Lisandro Mora, pero también para que este cadáver se active y se convierta en otra cosa. Es decir; el cadáver empieza a mutar.

¿Viajar para ver lo que no se puede ver?


Son muchas las voces eufóricas que celebran la "maravilla de las redes sociales", pero todo indica que lo que pasa en twitter, facebook, blogs etc... tiene otras dimensiones de la experiencia; hay una mediación obligatoria en esos canales. Al final, para el tema del arte, que me contesten estos fans de la tecnología y el progreso si es lo mismo ver arte en vivo, que verlo a través de algunas fotos o de un video. Mi conclusión es que no lo es y en Ecuador todavía no podemos ver lo que quisiéramos y todo lo que sí podemos ver se queda en el cerco de la localidad. 
 
En este apartado debería hablar de Hopper y de Gauguin, pero no lo haré ahora para no desordenarme más.



1. El Museo Thyssen Bornemiza lleva una muestra de Gauguin a Madrid que es inaugurada por los alicaídos reyes españoles. De todas maneras, así de capa caída, ellos abren la muestra con un cóctel en el día al que no puede entrar nadie. Nadie del pueblo. Y el pueblo mira a través de unas rejas a los reyes tomándose fotos en los exteriores del Museo. La página web del museo dice que la Fundación Colección Thyssen fue creada en 1988 y es: "pionera de una nueva fórmula de gestión privada de fondos públicos". Debe serlo, no lo dudo, porque sigue existiendo y cobrando casi 16,50 euros por visitarlo. Ustedes podrán decirme que gracias a que esta institución abrió sus puertas, precisamente se puede ver muchas colecciones de otros museos en Madrid, y es cierto, es parcialmente cierto, pero este tema me lleva al de las curadurías.
Y hay que decirlo, El viaje a lo exótico de Gauguin, altamente publicitado y muestra sujeta a la mira de las páginas culturales de diarios españoles, deja mucho que desear sobre todo y empecemos con el nombre. Un nombre evidente y manido cuando se ha hablado de este pintor y luego lo que vemos. Por supuesto, vemos a Gauguin, y todas las alusiones a los paraísos encontrados y perdidos en su obra. Hay una moda curatorial también que parece sostener que hay que colocar otros cuadros de artistas que hicieron algo parecido a Gauguin, contemporáneos de él en tiempo y en estilo o en temáticas, dentro de la muestra. Lo que hubiera podido ser un acierto,  no necesariamente funciona.

Creo que lo que me molestó de la muestra es la asociación con lo exótico que es una mirada bastante romántica de este pintor y que se hubiera dejado de lado el problema técnico de este artista que fue rechazado en salones, y que además, en otro ámbito, trajo a colación un diálogo sobre la diversidad sexual, por ejemplo.

A pesar de todo vi a Gauguin; ahí estaban sus paisajes profundos, las selvas, la tristeza de lo que ya no sería más.

2. La compañía lo es todo cuando se la desea. Tres amigos nos reunimos para ver esta vez lo que considero un acierto curatorial, y por supuesto, un tema apasionante. El tema de la vanguardia, del surrealismo y el tratamiento o crítica a la psiquiatría y todos sus derivados que pretende dar bienestar o curar o aliviar. Todo esto a través de un personaje: Artaud. 
Espectros de Artaud: Lenguaje y arte de los años cincuenta era la exhibición que ofrecía el museo Reina Sofía de Madrid.
Esta exploración del lenguaje de este artista que pretendió trascender sus límites y la influencia de su trabajo en otros artistas fue la cereza del pastel, y eso que de los tres artistas que hablaré no tengo duda en que mi favorito sea Hopper.

Trescientas obras y más de artistas de tres latitudes EEUU, Francia y Brasil recontextualizan la herencia de Artaud y plantean modelos alternativos de modernidad. Espectros de Artaud, que así se llama la muestra.  ¨... rastrea la influencia de Antonin Artaud en las diversas ramificaciones del movimiento letrista, fundado por Isidore Isou y Gabriel Pomerand en 1946. A su vez, la muestra da cuenta de cómo reinterpretaron su legado destacadas figuras de la vanguardia estadounidense de posguerra (John Cage, David Tudor, Robert Rauschenberg, Franz Kline...), examinando el rol decisivo que en este proceso jugó el Black Mountain College (donde en 1952 la escritora Mary Caroline Richards leyó un fragmento de su traducción todavía inconclusa de Le théâtre et son double que inspiraría la obra Theatre Piece #1 de Cage), y analiza el influjo que ejerció Artaud tanto en la poesía concreta brasileña como en el trabajo de dos artistas de este país, Lygia Clark y Hélio Oiticica, que exploraron las potencialidades de la recepción corporeizada de la obra de arte. Además, mediante una amplia selección de materiales documentales y audiovisuales, la exposición también muestra cómo su libro Van Gogh le suicidé de la société se convirtió en un referente fundamental para el movimiento anti-psiquiátrico". Nada más que decir, porque este texto parte de la presentación de la muestra de verdad se tradujo en lo que vi o lo que vi se tradujo en este texto.

3. Hopper en el Grand Palais y dos horas de lluvia para lograr ver casi toda su obra. Un esfuerzo brutal para reunir lo que está desmembrado. Siempre he pensado que la obra de un artista debe precisamente desmembrarse, redescubrirse y hasta ocultarse un poco. Así que no esperaba ver tantos cuadros de Hopper y un trabajo cuidadoso en el que descubrí dos fotógrafos maravillosos, uno norteamericano y otro francés, y en donde a decir de Mendoza lo mejor no fue Hopper sino un cuadro de vendedores de algodón o telas de Degas. 




Wednesday, August 29, 2012

El lugar imposible



Los lugares reales de Guayaquil no existen. Hace mucho que los sitios únicos para trabajar el arte han desaparecido en esta ciudad y sin embargo, las Historias sucias de Santana han llevado a Cadáver exquisito ediciones a un escondite inigualable…el taller del maestro Walter Páez, conocido grabador ecuatoriano, que lejos de de la espectacularidad trabaja como siempre, desde hace años en el piso superior de lo que fuera el Gran Cacao, en la calle Panamá, a una cuadra del río.
Aun llega a ese edificio el olor del café que venden en la esquina y el artista se ha encargado de restaurar la construcción de madera que conserva los pasamanos y ventanas originales. Es un espacio de aproximadamente 100 metros cuadrados de paredes sin límites vestidas de pinturas, serigrafías y grabados regalados y olvidados. Aquí se conjuga el trabajo con la pasión violentando todo presupuesto original de una idea macabra: que el trabajo es una prisión a la que todos estamos condenados inexorablemente. Es este medio no hay una reflexión muy grande sobre cómo el arte se escapa del trabajo o constituya una suerte de trabajo disidente. Y podríamos enfilar ahí, también al crítico, al investigador y a todos aquellos que no se alinean a cualquier poder, que es la postura que yo creo que debe tener cualquier artista o intelectual, para ya sea a través del arte o de la reflexión teórica, desmontar estructuras.
Es en este lugar en donde Paez crea y enseña aunque dice que no lo hace ya. Sus allegados, alumnos y personas que le piden consejos sobre su técnica pueden acceder al taller y trabajar en él con la única condición de que no se lleven nada: “No me gustan los ladrones”, es todo lo que menciona al referirse a quienes frecuentan la casa.
A primera vista este taller me recuerda a otro, uno en la calle Sol de La Habana, el taller de Chocolate…y como el mundo es más que pequeño recuerdo que en esa visita a Cuba Jimmy Mendoza dijo que le entregara a Choco unos grabados, uno de él y otro de Páez. El maestro sonríe con mi historia mínima y dice que es gran amigo del cubano, que ha estado también en su taller y el ciclo se cierra. Se cierra casi completo gracias a las Historias sucias de Santana.
Walter quiere hacerlo todo, todo bien, como él dice. “Yo no iba a poner cosas evidentes, o sea unas putas en la portada”. Hay otra elaboración para un trabajo de interpretación como hacer la portada de un libro…así que después de esta incursión no me preocupa ya el trabajo creativo de las portadas. En mejores manos no podrían estar.
La tarde va cayendo y a lo lejos se empiezan a prender las lucecitas del cerro, ya Walter quiere irse así que, simplemente bajamos por la escolares roja y nos vamos.